
Autora: Daniela Román Vázquez
Llegué al mundo un mes de julio de 2009. La fecha exacta no la recuerdo; claramente no tenía noción del tiempo. Compartí mis primeros meses con mi mamá y mis hermanos, y un dos de septiembre de ese mismo año conocí a mi familia humana. Para mí, ese fue el día en que nací.
Mi nombre es Sofi, aunque también me llamaban Gorda o Soft. Nunca entendí del todo por qué, pero con los años imaginé que Soft tenía sentido: era suave mi pelo, y suave era también el tacto de mi mamá humana cuando me acariciaba.
Mi familia estaba formada por cuatro miembros. Mi mamá humana era la hija mayor y tenía quince años cuando llegué a su vida. Desde el inicio conectamos. Sé que ella aprendió conmigo, y yo aprendí con ella.
Tres años después llegó alguien más a casa: Nina. Era mucho más pequeña que yo, y al principio me costó compartir la atención. Con el tiempo entendí que no venía a quitarme amor, sino a multiplicarlo. Fuimos compañeras inseparables: jugábamos juntas, dormíamos juntas, existíamos siempre cerca la una de la otra.
Nina se fue un mes de enero, doce años después de su llegada. Fue un golpe duro para todos, pero para mí lo fue aún más. Ya era una señora grande, y aprender a vivir sin ella fue una de las cosas más difíciles que me tocó atravesar.
Aun así, seguí siendo fuerte, leal y cariñosa con mi familia. No iba a permitir que la tristeza nos consuma a todos.
Al aniversario de su partida yo ya tenía dieciséis años. Tenía días buenos y días malos; el tiempo no perdona y el cuerpo lo va sintiendo. Mi mamá humana, que ahora tenía treinta y un años, era más consciente de mis necesidades. Hablábamos mucho: ella hablaba y yo la escuchaba atentamente, deseando que pudiera leer mis pensamientos para decirle que estaba bien, que estaba en paz, que cuando me tocara volar sería porque mi propósito en este mundo ya estaba cumplido.
La última semana de julio, mi mamá humana decidió enterrar las cenizas de Nina bajo un árbol de la casa. La vi llorar y despedirse. Quise estar a su lado, pero ese día estaba muy cansada.
Al día siguiente sentí la presencia de mi compañera en ese árbol. Ladré para que supiera que la sentía, y porque también sentía que me estaba llamando. Ella sabía que yo estaba cansada, que mi cuerpo ya no podía más, y que era el amor lo que todavía me sostenía aquí.
Un tres de agosto, después de varios días de idas y venidas al veterinario, mi mamá humana entendió que yo estaba lista para descansar. Me aseguré de hacérselo saber en un sueño, donde me veía corriendo libre por un campo inmenso, feliz.
Siempre voy a estar agradecida por la vida que tuve, por el amor de mi familia y por haberles enseñado sobre la lealtad. Sobre todo, agradecida porque su amor nunca fue egoísta. Nos despedimos con mucho dolor y mucho llanto, pero también con la certeza de que volvía a encontrarme con Nina, mi fiel compañera.

